Miguel de Unamuno

Miguel Unamuno el filósofo, escritor y poeta español, nació el 27 de septiembre de 1864 en Bilbao (España).

Fue en su ciudad natal donde hizo sus primeros estudios. En 1880 se trasladó a Madrid, donde estudió filosofía y literatura en la universidad. 

Miguel de Unamuno
Jorge Fernández Salas de unsplash

Su incapacidad para adaptarse al estudio de los programas universitarios y las numerosas oposiciones a sus ideas le dificultaron el inicio de su carrera. 

Sin embargo, en 1891 obtuvo la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca, donde inauguró su «especulación asistemática» (que se presentaría en una serie de escritos de tono igualmente literario), partiendo de una crítica radical de la insuficiencia del racionalismo y del idealismo.

Se casa con Concepción Lizarraga, de Guemica, que le dará nueve hijos.

Su carácter difícil, polémico, a veces amargo y egocéntrico, así como la hostilidad de la Iglesia y de los hombres en el poder, le hacían la vida difícil de formación cristiana, y aunque más tarde se convirtió en ateo, mantuvo un especial interés en los problemas religiosos.

Una enfermedad cardíaca lo golpeó en 1897 y le causó una crisis religiosa, que se registra en su Diario.

Nombrado Rector de la Universidad de Salamanca en 1900, fue destituido en 1914 por su hostilidad a la monarquía española y su postura a favor de los aliados durante la Primera Guerra Mundial.

En 1924, los virulentos artículos contra la dictadura del General Primo de Rivera lo exiliaron a la isla de Fuerteventura en las Islas Canarias. 

Entregado por una goleta francesa, se quedó en París, donde escribió La agonía del cristianismo

Su nostalgia por España lo llevó a acercarse geográficamente a España. Se instala y vive en Hendaya de 1925 a 1930, antes de volver a su país tras la caída del dictador.

Volviendo a su puesto de Rector en Salamanca, también fue elegido como miembro del Parlamento.

En 1936, cuando las tropas de Franco ocuparon la ciudad, dudó sobre la elección política que se había hecho necesaria. 

Durante una ceremonia franquista, se le negó la palabra. Rápidamente garabateó en un papel su grito a los militares: «Hay momentos en los que callar es mentir… No basta con ganar, hay que convencer».

Bajo arresto domiciliario, Miguel de Unamuno murió el 31 de diciembre de 1936, a la edad de 72 años.

Más que cualquier otro escritor español del siglo XX, Unamuno influyó no sólo en la cultura sino también en la vida social y política de su país. 

Penetrado por las ideas reformistas, opuesto a las instituciones anticuadas, un escritor fragmentario y paradójico, brillante pero desigual, un alma inquieta y preocupada, planteó muchos problemas sin resolver ninguno de ellos. 

Su obra lo convierte en el tipo mismo de «ensayista» español, incapaz de sistematizar, más de filósofo que de filósofo y, sobre todo, de poeta.

Unamuno tocó muchos géneros literarios, narrativos o líricos: poesía (El Cristo de Velázquez); novelas (Niebla, Tía Tula); cuentos (Tres cuentos cortos y Un prólogo).

Pero su verdadero dominio es el juicio en sí mismo. Entre su vasta producción se encuentran La esencia de España (1895), Sobre el purismo (1895), La vida de Don Quijote y Sancho Panza (1905), Mi vida religiosa y otros ensayos (1910), Soliloquios y conversaciones (1911), Contra esto y contra aquello (1912), El sentimiento trágico de la vida (su obra principal, 1913) y La agonía del cristianismo (1926).

También cabe destacar en 1911 su traducción al español de la Estética del político y filósofo italiano Benedetto Croce.

El pensamiento de Miguel de Unamuno se basa enteramente en el contraste radical entre «vida» y «razón», «acción» y «pensamiento»: la razón es el enemigo declarado e irreductible de la vida. 

La razón es la identidad, la permanencia, la universalidad, la explicación lógica de todo, disolviendo el individuo en lo universal, negando sus más profundas aspiraciones morales y religiosas. 

La vida en cambio es diversidad y desigualdad, flujo continuo, individualidad, fe sin causa, sin lógica, ascética, afirmando la existencia de los ideales de la inmortalidad del alma y de Dios. 

La razón afirma que todo esto es absurdo; pero la vida responde que precisamente porque es absurdo, es verdad, es verdad porque es una locura para la razón. «Cualquier intento de acuerdo y armonía persistente entre la razón y la vida, entre la filosofía y la religión es imposible. 

Y la trágica historia del pensamiento humano no es otra que la lucha entre la razón y la vida. Tal es la historia de la filosofía, inseparable de la historia de la religión».

Siguiendo los pasos de otros pensadores como Baruch Spinoza, Blaise Pascal y Sören Kierkegaard.

Unamuno cree que una concepción deística de la divinidad es incompleta en vista de las necesidades reales del hombre, que se satisfizo con un dios exclusivamente personal, concebido como una «experiencia directa» y no como un ser separado de la existencia: un dios del amor, en relación con el cual la fe es el reflejo de una elección y no de un abandono.

Uno se da cuenta del carácter muy «latino» de su pragmatismo, antitético, desde este punto de vista, al pragmatismo angloamericano. 

Según él, una verdad es tanto más verdadera cuando es más «materialmente» inútil. Y es comprensible que eligiera las figuras de Don Quijote y Sancho Pança para ilustrar su posición (La vida de Don Quijote y Sancho Panza, 1905).

Nota del Editor

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